lunes, 20 de abril de 2026

Mochilas, mochilas y mochilas

La enorme complejidad multicausal que se esconde detrás de los violentos retos virales de la juventud en las escuelas es respondida por el Estado con la banal y peligrosa simplificación del punitivismo en boga: la prohibición a los pibes de llevar mochilas y la militarización de los establecimientos educativos. Para esta corriente todo estudiante es potencialmente un asesino serial. Pocas veces como en los tiempos que corren la imbecilidad se ha convertido en una de las principales características del personal político a cargo del gobierno de turno. Nada bueno se puede esperar del reemplazo de los libros y del debate crítico por las botas y el fusil facho.

 

                                                     Ilustración de Gastón Spur


Por Iván Marín

Las respuestas ´fáciles`a temas complejos pavimentan siempre posiciones políticas ultrarreaccionarias, -aunque otras opciones de la derecha o, incluso, del progresismo tampoco se quedan atrás. Para ello cuentan con el beneplácito de las empresas de comunicación que, en términos generales, no se caracterizan por contribuir a la gimnasia de la materia gris en su público. Como se imaginará el lector, este combo de idioteces tiene como principal objetivo censurar el pensamiento crítico y desarrollar su contrario: el “sentido común”, que es, entre otras cosas, el modo en que las clases dominantes imponen su visión del mundo a las clases explotadas y oprimidas. Cuando no les alcanza con este “consenso” de ideas naturalizadas en un sector de la sociedad, recurren con más asiduidad al garrote. Pero para poder hacer uso de este último es preciso preparar el camino con la construcción de un consenso represivo. Es en este marco que debe entenderse la brutal -y falsa- simplificación que implica depositar la mayor de las responsabilidades en las escuelas respecto de los retos virales lamentablemente de moda entre una parte ínfima de la juventud en los últimos días.

Como no podía ser de otro modo, es el personal político a cargo del Estado -que en la actualidad tiene la peculiaridad de contar con un número más significativo que en otras oportunidades de cuadros fascistoides en puestos de responsabilidad a lo largo y ancho del país- el que elabora las medidas ridículas que se observan para “combatir” los susodichos retos. La respuesta es sacada del recetario reaccionario con el que se han comportado distintos Estados en situaciones similares, en especial ese que irrumpe todas las noches en los sueños del presidente Javier Milei y que lo hace despertar humedecido y eufórico del placer: Estados Unidos.

Es lo que ocurre cuando se comienza con la difusión de protocolos que tienen en su núcleo central advertir con énfasis en que estas amenazas de atentados escolares representan un delito, decidir la prohibición del uso de mochilas y su reemplazo por bizarras bolsas transparentes o, en su defecto, revisar cada una de las mochilas en el ingreso a las escuelas, y publicitar que efectivos policiales se harán presentes en los establecimientos. Estas medidas estúpidas no solo entran en el juego de los retadores virales, sino que, y, sobre todo, sancionan a miles de pibes que poco o nada tienen que ver con lo que se pretende “combatir”. La estrategia es clara: primero la sanción generalizada y, con ello, la contribución a un clima de incertidumbre que para el común de los mortales se le presenta como una amenaza inmediata a ser resuelta de manera decidida y sin contemplaciones: con represión, en sus distintas variantes. Esta “prevención” primero que nada es sanción y esa sanción una visión del mundo, es decir, una forma de afrontar la vida cotidiana en una sociedad desgarrada por la precarización y sobrexplotación laboral y el hambre que se esparce como un virus sin vacuna por las familias trabajadoras. En definitiva, la sanción como sumisión pasiva a estas condiciones de existencia.

La sanción a la que hacemos referencia no solo es pereza intelectual, también es disimulo. Es la coartada casi perfecta para ocultar la inconmensurable pauperización de las condiciones de vida del pueblo y/o la contrarreforma educativa de hecho en curso que barre con derechos adquiridos y que se niega a afrontar nuevas necesidades de la sociedad, como la creciente ansiedad, depresión y estrés en las juventudes y en los trabajadores del sector. En el Chubut del gobernador Ignacio Torres la docencia tiene el peor salario del país, alrededor de 650 mil pesos por cargo. De lo que resulta que trabajando mañana, tarde y noche un docente apenas ronde el millón y medio de pesos. Este salario de hambre y endeudamiento viene acompañado cada vez con mayores responsabilidades, es decir con una mayor sobreexplotación. También viene acompañado de intentos de recortes a derechos elementales, como la prohibición de asambleas en los lugares de trabajo en horarios de clase. Para ello cuentan con la complicidad de equipos directivos -y esto incluye a los supervisores- desclasados que amenazan con sanciones ante cualquier medida de lucha.

La baja en la tasa de natalidad en vez de representar una oportunidad para una relación más cercana entre el docente y sus estudiantes debido a la disminución de la matrícula, implica cierre de cursos y con ello no solo más docentes en las calles sino también más estudiantes en las aulas porque se fusionan los cursos. La racionalización conservadora de la organización escolar no incluye personal profesional en salud mental y, en general, también supone un faltante significativo de auxiliares de la educación.

La escuela no escapa a la reestructuración reaccionaria de las condiciones de vida implementada por los libertarios y sus secuaces -el resto del régimen político-, coloquialmente denominada “ajuste”. Por ende, tampoco es ajena a la violencia entre el pueblo ni mucho menos al resentimiento -en muchos casos entendible- de sectores que observan cómo sus vidas carecen de una perspectiva digna. Este preocupante escenario se ve acicateado por las mayores facilidades legales para acceder a armas de fuego dictadas por un presidente que no sólo reúne todos los atributos de un imbécil y fascista sino también de una persona execrable en el sentido más literal del término: ¿de qué otra manera se puede calificar a un personaje de más de 50 años que se mofa de las personas con síndrome de Down, por citar tan solo una de sus patéticas diatribas en redes sociales?

En tiempos donde pareciera ser una virtud aristotélica ser egoísta; tramposo; maltratador orgulloso; festejador de despidos de trabajadores; delator rabioso de luchadores; aplaudidor de genocidios en curso, como el que padece el pueblo palestino en manos del Estado sionista de Israel; lamebotas de invasores de soberanías ajenas que suponen miles de muertos, como es el caso de Estados Unidos en su avanzada bélica por doquier; justificador convencido de la última dictadura militar o defensor insulso de una supuesta “apoliticidad”, ¿en serio puede llamar la atención que un sector de la juventud exprese su descontento con este estado de cosas mediante la violencia hacia el prójimo? La sanción como prevención a estos actos es también una forma de quitarse responsabilidad y arrojársela al que está en una posición de mayor debilidad en el asunto: el trabajador de la educación, por ejemplo. Es también lo que explica los intentos de linchamientos en la Escuela 21 de Trelew en la última semana, tras la difusión de posibles casos de abusos sexuales a menores que cursan sus estudios en esa primaria.

En el muy recomendable documental Bowling for Columbine, su director Michael Moore entrevista a Marilyn Manson sobre la masacre ocurrida en dicho instituto, en el que murieron asesinadas tres personas, y luego sus dos asesinos se suicidaron. Tras conocerse que los asesinos escuchaban al músico, los sectores más conservadores de la sociedad norteamericana lo responsabilizaron de la matanza. En un pasaje de la conversación Moore le pregunta: “Si pudieras hablar con los chicos de Columbine, ¿qué les dirías?”. A lo que Manson responde: “No diría nada. Los escucharía. Eso es justamente lo que nadie hizo”.

No se trata tanto de si un Estado deba decir o no algo frente a los retos virales, sino a la lógica -y a la filosofía- que entraña el razonamiento de Manson: darle el lugar de sujetos políticos a los principales protagonistas de estas prácticas, la juventud. Por el contrario, el Estado respondió subestimando hasta el caracú la inteligencia y la creatividad de los pibes para intentar entender lo que ocurre y buscarle soluciones. En la inmensa mayoría de los casos el viernes último se bajaron protocolos a los establecimientos escolares ya definidos unilateralmente. En algunas escuelas se intentó disimular este naturalizado autoritarismo pidiéndole opinión a algún que otro estudiante y a algún que otro docente, pero ya con las decisiones consumadas.

En la campaña electoral de 1992 el entonces candidato presidencial demócrata Bill Clinton popularizó la frase “Es la economía, estúpido”, con la que intentaba poner en el centro de su agitación la recesión en curso que se vivía. Desde entonces su formulación ha cobrado distintos ribetes en los debates políticos, siempre manteniendo la adjetivación con la que finaliza. Inspirándonos en ella decimos sin titubear: ¡No son las mochilas, estúpido!

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