viernes, 19 de octubre de 2018

Luto y lucha de clases: breves reflexiones urgentes sobre la muerte como fenómeno político en el capitalismo contemporáneo


A pocas de horas de cumplirse ocho años del asesinato de Mariano Ferreyra comparto con ustedes este artículo que empecé a escribir el día de la muerte Néstor Kirchner. En un 70-80 por ciento está redactado ese mismo día. Lo terminé el 9 de noviembre si mal no recuerdo. Intenta ser una comparación de la significación política del asesinato de Mariano Ferreyra y la muerte del expresidente. Este es mi humilde homenaje a la memoria del joven revolucionario.





Por Iván Marín



El único destino que nos une a todos los seres de este planeta es la muerte. Ese destino común quizá sea el que más ha contribuido a la tala indiscriminada de bosques enteros. Y sí, ni los seres vegetales se salvan cuando de la muerte se trata, y menos cuando ese fenómeno tan inherentemente humano llamado escritura se despliega. Qué no se ha escrito sobre la muerte. Filósofos, literatos, músicos, políticos, científicos, Fulanos, Menganos, Sutanos y un sinfín de etcéteras más le han dedicado líneas y líneas. Qué es acaso “el opio de los pueblos” sino una explicación (más) sobre la muerte. Lo curioso de la muerte es que además de ser un fenómeno inevitable de toda existencia viva, y por ende natural, es a la vez inconmensurablemente social en los seres humanos. Todo ser muerto ha sido con prelación, obviamente, social. La indisociable dialéctica entre lo natural y lo social tiene dos momentos imposibles de descifrar: 1) la concepción de la vida y, obviamente, 2) el fallecimiento. Como dijimos, la muerte es también un fenómeno social, pero su cotidianidad se nos ha naturalizado a tal punto que solemos vivirla como propia cuando un ser cercano, generalmente apreciado, deja este mundo. Es en ese instante que ese destino natural a todo ser humano se nos vuelve inconmensurablemente social.


Si de toda muerte, además de ser natural, podemos decir que es necesariamente social, tenemos que llegar a la necesaria conclusión de que toda muerte es también política. Existe política allí donde existe poder, y existe poder allí donde existe dominación. El poder, y obviamente la política, tiene su nacimiento con el surgimiento de la dominación (y explotación) del hombre por el hombre, es decir, con el surgimiento de las clases sociales, es decir, con el surgimiento de la lucha de clases. Toda muerte es natural, y en esto compartimos destino, pero, a la vez, al ser también social, toda muerte es además única. El carácter social de cada muerte la vuelve necesariamente distinta una de otra. Cuando hablamos de social, en este caso, no nos referimos solamente al carácter específico de clase, sino en un sentido más “amplio” al hecho de la convivencia colectiva, grupal, o como se le quiera llamar. No es nuestra intención descubrir la pólvora en cuanto a la reflexión sobre la muerte. Nada más lejano. Como se sabe, ya hemos tenido predecesores, y con mejor suerte, en este sentido. Lo que sí nos proponemos es detenernos específicamente en la muerte de dos militantes y, por ende, luchadores políticos que han convulsionado el escenario, valga la redundancia, político nacional en exactamente una semana: nos referimos, como no podía de ser de otra manera, a Mariano Ferreyra y Néstor Kirchner.


Si, como dice el texto más sabio que se haya escrito en la sociedad capitalista, -sí, nos referimos obviamente a él, al Manifiesto Comunista, cuál otro sino,- la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, parecería al menos no desatinado tener presente esta afirmación para dar una interpretación posible sobre el significado político-social de las muertes en cuestión. Una primera aproximación la podemos tener a partir de la distinción del significado a seca del concepto de “muerte” del de “asesinato”. El segundo, obviamente, implica al primero, sin embargo, también obviamente, no podemos decir que ocurra lo mismo en el sentido contrario. Si de toda muerte no se deriva que vaya de suyo un asesinato, podemos afirmar en un primer vistazo hecho con las limitaciones que nos proporciona el lenguaje, principalmente el escrito, que en el caso del asesinato el componente “social” es indisimulablemente más patente que el de la muerte “natural”. Con ello no queremos decir que las patologías que conducen a las llamadas “muertes naturales” no sean sociales. Nada más lejano. Pero hacer esta distinción analítica a los fines de proporcionar una interpretación posible de las muertes que nos están ocupando nos puede servir de ayuda. De lo que no cabe duda para cualquier mortal que esté leyendo este artículo, y que esté mínimamente al tanto de los acontecimientos políticos de los últimos días, es que el compañero militante del Partido Obrero (PO) Mariano Ferreyra fue asesinado. El asesinato lo cometió la burocracia sindical que dirige el gremio de la Unión Ferroviaria en el ex ferrocarril Roca. En el caso del difunto Néstor Kirchner todo parece indicar, salvo que haya algún complot del cual todavía no nos hemos enterado, que su muerte no fue un asesinato, es decir, que la misma fue “natural”. En ambos casos estamos hablando de muertes de militantes políticos, es decir de luchadores sociales. En el primer caso se trata de un militante revolucionario cuya vida estaba destinada toda a la lucha por transformar las relaciones capitalistas de explotación y dominación con el objetivo de desterrar de la faz del planeta la dominación del hombre por el hombre. Para resumir: era un militante marxista-revolucionario por la Cuarta Internacional, es decir un comunista de pura cepa. En el caso de Néstor Kirchner era un luchador político del bando contrario. Fiel a sus ideales burgueses dedicó toda su vida política a defender a capa y espada los intereses de este sector minoritario de la sociedad. Ambos fueron luchadores hasta el último instante de sus vidas, ambos murieron luchando por sus ideales. Ese destino común y natural, la muerte, fue quizá la segunda “coincidencia” que los “unió”. La primera fue la lucha. Obviamente, desde bandos opuestos, antagónicos, por ende, irreconciliables.


Si bien cualquier asesinato es pasible de crítica, y en no pocos casos de condena, un asesinato político lo es de sobremanera. El asesinato político suele tener efectos contrarios a los buscados por parte del asesino. Quien asesine en nombre de la revolución lejos está de generar consciencia de clase entre los trabajadores y el pueblo pobre y oprimido. Esto bien lo sabían los viejos marxistas rusos en sus polémicas contra las prácticas “terroristas” de los populistas y anarquistas rusos. La violencia de clase es colectiva, por ende, el asesinato contra tal o cual personaje, por más siniestro que este último sea, poco contribuye para que las masas tomen consciencia de sus potencialidades, pues, lo colectivo es reemplazado por el “heroísmo individual” frente a enemigos específicamente individuales, más allá de lo que ellos representen. Los marxistas nos enfrentamos contra la clase burguesa en su totalidad, no contra tal o cual representante de aquella. De ahí el concepto de lucha de clases. La violencia es violencia de clase y siempre debe ser ejercida por la clase. El “sustitucionismo” es ajeno al marxismo. Un efecto similar suele suceder con el asesinato de militantes revolucionarios por parte de los defensores del capital, -sean estos las fuerzas represivas del estado, sicarios contratados con fines específicos, burocracia sindical, etc. Cuando se busca amedrentar la lucha de los oprimidos con el asesinato político de estos últimos, en no pocas ocasiones, refuerzan su moral en la lucha. Y no sólo ello, sino que, además, una cantidad de “espectadores” pasivos que pertenecen a la banda afectada por el asesinato se suman con bronca y enjundia a la lucha. Cosa curiosa si las hay: el asesinato político del opresor sobre el oprimido genera en este último mucha más consciencia que cuando éste comete un asesinato político sobre su opresor. Obviamente hay excepciones, pero podemos decir que esta dialéctica del asesinato político se despliega generalmente de esta manera.


Decíamos que la lucha y la muerte unieron a Mariano Ferreyra y Néstor Kirchner. Sin embargo, la forma en la que esta última les llegó a ambos dista mucha de ser similar, salvo por el hecho de que ambas están indisolublemente asociadas, y fueron consecuencia, de la lucha política que dieron mientras vivían. El marxista revolucionario se topó con la muerte en una de las tantas jornadas de lucha en la que era protagonista contra los enemigos de clase. Mariano fue salvajemente asesinado por la burocracia sindical que conduce la Unión Ferroviaria con la avenencia indisimulable de una de las mafias más importante que tiene nuestro país: la fascista y asesina Policía Federal. Ellos, con el respaldo político que necesariamente precisan para hacerse los “distraídos”, liberaron la zona para que la burocracia aseste su cobarde ataque a los trabajadores y manifestantes que reclamaban y luchaban por el pase a planta permanente de los trabajadores tercerizados. Si bien todo aquel que se suma conscientemente a la lucha revolucionaria, y el compañero Mariano era uno de ellos, sabe que en cada segundo su vida corre riesgo de verse finiquitada por la acción del enemigo de clase, no menos cierto es también que en la lucha uno también puede encontrarse frente a la cobardía de un enemigo que, asustado por la potencialidad que puede asumir un conflicto en donde la masa trabajadora va cobrando consciencia de sus fuerzas, decide sorprenderlos mediante ataques canallas y traicioneros. Fue así que se dio el “no-enfrentamiento” que terminó con la vida del compañero. “No-enfrentamiento” porque los trabajadores y manifestantes no sólo en ningún momento tuvieron la remota intención de enfrentarse con estos canallas, sino, y este no es un detalle menor, que observando la inferioridad de fuerzas, debido al reclutamiento “sorpresivo” de todo tipo de elementos descompuestos de esta sociedad capitalista en la que vivimos, -lúmpenes, barrabravas, etc.- los mismos manifestantes decidieron retirarse en orden del lugar en cuestión. Sin embargo, la patota sindical los corrió cobardemente a piedrazos, palos y balas de plomo. Tanta saña respondió, evidentemente, a un plan minuciosamente pergeñado con suficiente antelación y alevosía. En este “no-enfrentamiento” perdió la vida el compañero Mariano producto de un certero balazo de plomo de esta patota cobarde y traicionera de la burocracia sindical.


Una semana después, en su lujosa mansión en El Calafate, deja de existir Néstor Kirchner. Su muerte no fue lo que podríamos llamar un “asesinato político”, sino que, por lo que se sabe, la causa fue la detención súbita de su estropeado y debilitado corazón. Lo que comúnmente se denomina “muerte natural”. Pero, como dijimos, la “naturaleza” de las muertes siempre tiene un carácter social y, por ende, político. En el caso del ex presidente podemos decir que las causas naturales que derivaron en su deceso fueron vigorosamente acompañadas por el contexto socio-político por el que estaba atravesando el gobierno. Todo hace suponer que la interna peronista; la confrontación con los bandos burgueses que ya no se sentían representados por su política -a partir de la resolución 125, Ley de Medios K, enfrentamiento con Clarín, el batifondo por las reservas del Banco Central, el conflicto con la Corte Suprema, Ley de Matrimonio Igualitario, el respaldo a Moyano, etc.- y, por último, el asesinato político de Mariano Ferreyra, formó un cóctel político fatal que erosionó considerablemente la salud de Néstor, que ya venía delicada.


Decíamos que Kirchner era un luchador social y que era parte de la misma lucha que estaba protagonizando Mariano, pero desde bandos opuestos. El estar en diferentes bandos hace que el papel de ambos tenga un carácter irreduciblemente singular. Para entender el rol que le tocó jugar al ex presidente de la nación nos será de gran ayuda volver al Manifiesto Comunista y su definición de lo que es un gobierno burgués como una “junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa en su conjunto”. De lo que ni siquiera el más fanático seguidor “seissieteochesco” “nacional y popular” estaría dispuesto a negar es que ambos gobiernos K son inconfundiblemente burgueses. Por lo tanto, y si tenemos siempre presente al Manifiesto, debemos decir que en una sociedad divida en clase, como es la capitalista, ambos gobiernos K tienen como objetivo primordial velar por los intereses de la clase capitalista. Para ello se necesita que dicha clase en su conjunto se sienta representada por las políticas gubernamentales. Sin embargo, por más apoyo burgués que se tenga, todo gobierno debe contar con un mínimo respaldo popular para poder ejercer sus políticas dentro del marco de las llamas “democracias burguesas”. Esta combinación requiere de más o menos concesiones a las clases populares dependiendo de la situación coyuntural por la que atraviese el factor económico-social en su conjunto. Luego de más de dos décadas neoliberales y de los acontecimientos de diciembre del 2001, cualquier gobierno burgués que quisiera sostenerse en el tiempo debía buscar “legitimidad” en las clases subalternas. De ahí que necesariamente el capital tuviese que recurrir a un gobierno de rostro centroizquierdista que contuviese el avance y politización de las masas empobrecidas producto de las políticas reaccionarias de la primera etapa neoliberal. Fue así que, luego de una elección muy reñida y con un porcentaje de alrededor del 22 por ciento de los votos, llega a la presidencia Néstor Kirchner. Lo primero que se preocupó en hacer NK fue tratar de llevar a cabo su papel de contención dando concesiones a las masas, en especial, renovándole el protagonismo a la burocracia sindical vía Moyano y la vuelta a las paritarias, nimias recomposiciones salariales, etc. A la vez diseñó una política de cooptación de organismos de derechos humanos mediante la anulación de los decretos de obediencia debida y punto final, el juzgamiento de parte de la jerarquía castrense involucrada en los crímenes de la dictadura etc. Podemos decir que esta quizá haya sido la estrategia K más inteligente para preservar la gobernabilidad burguesa. Si el Estado es quien detenta el monopolio del uso de la fuerza represiva, y el gobierno circunstancial que detenta su poder necesariamente precisa del uso de esa fuerza represiva para sostenerse, llegamos a la conclusión que entre el aparato represivo del estado y el gobierno se deben diseñar estrategias que hagan carne en el pueblo de la legitimidad del uso de dicha fuerza. Néstor Kirchner observó, al igual que muchos, que las fuerzas represivas del estado argento estaban profundamente desprestigiadas ante las masas producto de la genocida dictadura militar y los 30 mil compañeros desaparecidos, el gatillo fácil y las constantes represiones a las luchas populares desde la vuelta a la democracia burguesa, etc. De ahí que la política K de derechos humanos intente reapropiarse de la lucha llevada a cabo por organismos de derechos humanos, partidos de izquierda, etc., para represtigiar a las fuerzas represivas del estado. Esta dialéctica entre concesiones del estado y conquistas de las masas le dio al gobierno K un carácter “arbitral” en el escenario político económico de recomposición relativa del régimen. Todo ello fue acompañado por un crecimiento económico mundial como hacía tiempo no se daba, lo que le permitió al gobierno tener un margen más amplio de maniobra en esas concesiones a las clases populares frente a un posible descontento de la burguesía. El país, a su vez, tuvo un crecimiento del empleo en aproximadamente tres millones y medio de nuevos puestos de trabajo a partir del 2003.


Por lo que podemos observar no cabe ninguna duda que los casos en cuestión pertenecían a bandos a opuestos y enfrentados en la lucha política que llevaban a cabo para defender los intereses de los sectores para los que militaban. Esto se ve también en la pertenencia de clase de ambos. Mientras Néstor Kirchner abrazaba una fortuna que superaba holgadamente los 55 millones de dólares, el compañero Mariano provenía de una casa de trabajadores, donde su madre es docente y su viejo empleado de supermercado. Mariano estuvo haciendo trabajos de tornería hasta un tiempo antes a su asesinato, pero se le había vencido el contrato y estaba esperanzado que lo volviesen a llamar, según cuenta su hermano Pablo en el Página 12 del sábado 6 de noviembre pasado. Ambos eran militantes e intelectuales comprometidos, pero mientras uno lo hacía con el respaldo de una cuenta bancaria multimillonaria, el otro lo hacía desde su humilde condición de trabajador y estudiante universitario. Mientras NK enviaba a su hija a estudiar cine a EE.UU., Mariano estaba en el CBC del proletario Avellaneda y militaba por una educación pública y gratuita. Mientras NK logró multiplicar exponencialmente su fortuna en el gobierno, y la de sus empresarios amigos, el compañero Mariano se rompía el lomo y los sesos todos los días pensando en cómo conseguir fondos para su militancia, de dónde sacar guita para cotizar en su partido, entre otras tantas actividades Es que la militancia revolucionaria no está ajena a los gastos que se precisan en una sociedad capitalista para poder difundir las ideas que se defienden.  Mientras NK vivía de la política, nuestro compañero lo hacía para la política. Cuán diferente fue la militancia de estos luchadores sociales, cuán distinto es luchar desde la comodidad que te brinda la fortuna burguesa a hacerlo desde el lugar que ocupan la mayoría de los mortales, es decir, todos aquellos que no pertenecen a ese reducidísimo sector social llamado burguesía. ¿Acaso esto puede extrañar a alguien? Sí, ya lo sabemos, la clase burguesa también cuenta con obreros que militan para los partidos patronales. Sin embargo, la idea de este artículo es trazar un paralelismo entre las vidas de los militantes en cuestión que nos sirva de reflexión para pensar los intereses antagónicos que ambos luchadores defendían. Vaya pues nuestro reconocimiento y homenaje para aquel que dio su vida por la militancia revolucionaria, por la lucha contra la “miseria de lo posible”, por una sociedad donde la explotación y opresión del hombre por el hombre deje paso a la igualdad más profunda de la especie humana. Esa igualdad necesaria para que la verdadera individualidad de las personas se exprese en su máxima singularidad. Vaya nuestro reconocimiento al militante con el que nos sentimos identificamos los revolucionarios. En fin, vaya nuestro reconocimiento a la militancia de un comunista de pura cepa, un comunista de la Cuarta Internacional. Por eso mismo gritamos con el puño en alto:

MARIANO FERREYRA: PRESENTE. AHORA Y SIEMPRE!!!




                                                                                                      El Ruido  09/11/10

1 comentario:

  1. No estoy de acuerdo con todo, pero si como esta establecido el paralelismo militante, buen resumen .

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